“Si puedes cambiar tu consumo, puedes cambiar el mundo”





miércoles, 26 de octubre de 2022

MEXICANOS SE SIENTEN AFECTADOS POR EL CAMBIO CLIMÁTICO

 

En México, la gente sí piensa en el cambio climático…pero para mal.

México es el país del mundo en el que mayor proporción de la población considera que ya ha ocurrido un efecto severo por la crisis climática, esto de acuerdo con un estudio de la empresa Ipsos realizado en 34 países.

En promedio el 56 % de la población global afirma que el cambio climático ya ha tenido afectaciones severas en el lugar donde vive, pero en México, la cifra se eleva al ¡75 %!

Además, 7 de cada 10 personas esperan que el cambio climático tenga un efecto severo en su área en los próximos 10 años.
 
«La encuesta nos muestra diferencias regionales notables dentro de varios países participantes, lo que probablemente refleja la experiencia reciente con el calor extremo, la sequía, los incendios forestales o las inundaciones. Las mayorías en los 34 países esperan que su área se vea gravemente afectada por el cambio climático en los próximos 10 años», explicó la empresa en un comunicado.
  
La preocupación por verse gravemente afectados por el cambio climático en la próxima década es expresada por la mayoría de los adultos en todos los países encuestados, desde el 52 % en Malasia hasta más del 80 % en los países de Portugal (88 %), México (86 %), Hungría (86 %), Turquía (85 %), Chile (85 %), Corea del Sur (83 %), España (83 %) e Italia (81 %).

Una de las consecuencias que puede traer el cambio climático a largo plazo son los posibles desplazamientos de poblaciones.

Ante ello, en promedio, un 35 % cree que ellos o sus familias tendrán que abandonar sus hogares en los próximos 25 años debido a los efectos del clima. Sin embargo, otra vez nuestro país es más negativo, aquí el 37 %que es probable que sea desplazado de su hogar como resultado del cambio climático.

Los jóvenes: conscientes y pesimistas

La población menor de 35 años es la más consciente de que en algún momento tendrá que mudarse por causas climáticas. A nivel mundial, el 43% de los jóvenes dice que es probable que necesiten mudarse en los próximos 25 años, frente al 37% de las personas entre 36 y 49 años y solo el 25 % entre los de 50 a 74 años.

Estos son los principales hallazgos de una encuesta realizada por Ipsos en 34 países del 22 de julio al 5 de agosto de 2022 entre 23,507 adultos de 18 a 74 años a través de la plataforma en línea Global Advisor de Ipsos.

domingo, 22 de agosto de 2021

COLAPSO ECOLÓGICO Y HORIZONTES ALTERNATIVOS

 Ambiente. Sobre el colapso ecológico y los horizontes alternativos

El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal)desarrollo, publicado el año pasado por Maristella Svampa y Enrique Viale, es una referencia entre las nuevas camadas que despiertan a las luchas ambientales. A un año de su aparición, publicamos apuntes para una lectura crítica.

Esteban Martine   https://www.laizquierdadiario.com/Sobre-el-colapso-ecologico-y-los-horizontes-alternativos

“Atravesamos tiempos extraordinarios marcados por una crisis socioecológica y una emergencia climática a nivel global sin precedentes en la historia” [1] , sostienen en el prefacio de su libro Maristella Svampa y Enrique Viale. El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal) desarrollo se publicó en agosto del 2020, poco después de que la cepa de SARS-CoV-2 saltara zoonóticamente desde territorios arrasados para extender las fronteras del agronegocio y se volviera pandemia a ritmos nunca antes vistos, siguiendo los circuitos del capital. La crisis sociosanitaria del COVID-19, que hasta el momento dejó un saldo de 4 millones de muertos, es solo una muestra de la insustentabilidad de la relación capital - naturaleza.

Los autores destacan la paradoja de una época en la que existe un consenso científico sobre el origen antrópico del calentamiento global, pero aún persisten discursos negacionistas, históricamente construidos con la expansión del neoliberalismo, y que durante los últimos años encarnaron personajes como Donald Trump, Jair Bolsonaro, Boris Johnson o el primer ministro de Australia, Scott Morrison. En simultáneo, lo novedoso en los últimos años fue la irrupción de la juventud en los movimientos por la “justicia climática”, tras lo que denominan el “efecto Greta Thunberg”. Durante la segunda huelga global contra el cambio climático de 2019, 4 millones de personas se manifestaron en 163 países y miles de ciudades.

Los autores toman el concepto de antropoceno para dar cuenta de la gravedad de la crisis climática y ecológica que vivimos y sintetizan el problema desglosando cinco factores que la explican: el cambio climático asociado al calentamiento global, a causa del incremento de las emisiones de gases de efecto invernadero; la pérdida de biodiversidad, tanto en los ecosistemas terrestres como en los marinos; los cambios en los ciclos biogeoquímicos que son fundamentales para mantener el ciclo de los ecosistemas ; y, por último, los cambios en el modelo de consumo, fundado en el esquema de obsolescencia programada de los productos que obliga a renovarlos para maximizar los beneficios del capital, y en un modelo alimentario a gran escala de enorme impacto sobre la salud de las personas, y que degrada los ecosistemas.

El libro recorre la historia de los movimientos ambientales y las respuestas de los Estados e instituciones internacionales. En los 60s, los nacientes movimientos ecologistas o ambientalistas de base social policlasista. En los años 70 “la cuestión ambiental ingresa a la agenda global”, con instituciones como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, los primeros partidos Verdes y ONG’s, “desde los más conservadores a los más radicales”. En las últimas décadas nacieron los movimientos por “justicia ambiental” en EEUU, alrededor de comunidades afroamericanas de barrios contaminados que enfatizan en la desigualdad de los costos ambientales, el racismo, la injusticia de género y la deuda ecológica. Con el concepto de “ecologismo popular”, se refieren a las movilizaciones en los países del hemisferio sur, que plantean un “vínculo entre justicia ambiental, ecología de los pobres y deuda ecológica del Norte respecto de los países del Sur” [2]. Y por último los movimientos por “justicia climática”, concepto que apareció en la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), pero emergió como “movimiento ecológico global de carácter radical, con eje en la crítica al capitalismo y la transición energética. ‘Cambiar el sistema, no el clima’, pasó a ser la consigna” [3].

Los autores dan cuenta de cómo a pesar de la sucesión de Cumbres que dieron lugar a los protocolos de Montreal (1987), Kioto (1997) y el Acuerdo de París (2015), la crisis ecológica no ha hecho más que profundizarse. En el caso del Acuerdo de París, que no es vinculante, abre las puertas a “impulsar falsas soluciones en el marco de la economía verde, que se sustenta en la continua e incluso ampliada mercantilización de la naturaleza”  [4].

El ambiente como “punto ciego” del progresismo latinoamericano

Los autores realizan una crítica que recupera actualidad frente a la campaña por parte de periodistas y funcionarios del Frente de Todos que impugna cualquier oposición al extractivismo como “ambientalismo bobo”. Más allá de las diferencias (mientras unos hablan de ambientalismo bobo, otros, como en los casos de Bolivia y Ecuador incorporaron los “derechos de la naturaleza” y el “buen vivir” a sus constituciones), los gobiernos de “progresismo selectivo” buscan minimizar la importancia de las causas ambientales “oponiéndolas a la cuestión social y el derecho al desarrollo”. Apuntaban al “reconocimiento de ciertos derechos sociales y económicos (mientras que) obturaban, perseguían y criminalizaban demandas ambientales y de pueblos originarios” [5]. En todos los casos mantuvieron la matriz del agronegocio, los negocios forestales, el fracking, la megaminería, etc.

Entre 2003 y 2013 las economías latinoamericanas se vieron favorecidas por los altos precios de las materias primas, base de las economías dependientes de la región. El “consenso de los commodities” fue política de estado sin reconocer grietas: tanto los progresistas como los gobiernos más conservadores o neoliberales aceptaron como “destino” el papel de exportadores de bienes naturales, minimizando no solo las consecuencias ambientales, sino también los “nuevos marcos de dependencia y la consolidación de enclaves de exportación”.

Desde el año 2008, se multiplicaron los megaproyectos extractivos y también las luchas y resistencias que los enfrentaron. Desde el proyecto de abrir una carretera que atraviese el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro-Sécure (Tipnis) en Bolivia que implicó cuestionamientos y resistencias que horadaron la base social de Evo Morales; pasando por la construcción de una megarrepresa a costa de la expulsión de comunidades originarias de Belo Monte en el Amazonas de Brasil llevada adelante por el gobierno de Lula Da Silva. Desde 2013 hasta la actualidad, los autores identifican una fase de “exacerbación del neoextractivismo”, de ampliación de las fronteras de los commodities, a la impulsada tras la caída de los precios de las materias primas.

Svampa y Viale señalan que no existe oposición entre lo social y lo ambiental, como argumentan, por ejemplo, los voceros del Frente de Todos a la hora de justificar las actividades extractivistas. Al final del ciclo progresista, la pobreza y la desigualdad persistieron. “Los mapas de la pobreza (...) coinciden en todo el mundo con los de la degradación ambiental” [6].

En nuestro país, los autores desarrollan cuatro casos emblemáticos: el agronegocio, la Ley de Glaciares y los derrames de la Barrick Gold, Vaca Muerta y la minería de litio.

El avance de la frontera sojera (el área cultivada con soja transgénica creció un 900% entre 2003 y 2015) implicó desmontes, desplazamiento de poblaciones, entre ellas de comunidades originarias, deterioro de suelos y las estremecedoras cifras de personas que padecen cáncer en poblaciones rociadas con glifosato. Argentina se encuentra entre los cuatros principales productores mundiales de soja transgénica, con casi 24 millones de hectáreas cultivadas. Recientemente el gobierno de Alberto Fernández aprobó el uso de trigo transgénico HB4 (asociado al peligroso pesticida glufosinato de amonio).

En el caso de la Ley de Glaciares, los autores describen los obstáculos que impiden su aplicación efectiva, y traen a colación el derrame de más de un millón de litros de solución cianurada ocurrido en septiembre de 2015 en la mina Veladero, en la localidad de Jáchal, San Juan. Las últimas puebladas de Chubut y Mendoza contra la megaminería tuvieron repercusión internacional. En ambos casos fueron multitudinarias movilizaciones contra pactos del PJ, la UCR, y sus aliados, otra muestra contundente de que para el extractivismo no hay grieta.

El caso de Vaca Muerta es considerado como una “ilusión eldoradista” que obtura la transición hacia una matriz energética pos-fósil. La reciente evidencia sobre el desastre de los basureros petroleros, los derrames y la multiplicación de sismos inducidos por el fracking, dan cuenta del desastre ambiental de Vaca Muerta. Para el litio, analizan cómo la gestión de Cambiemos ofreció condiciones más ventajosas que los vecinos Chile y Bolivia para las corporaciones mineras.

Un enfoque histórico problemático y una crítica infundada al marxismo

Los autores sostienen que la crisis civilizatoria y ecológica es “profundamente filosófica” y ubican sus causas en el corazón de la “episteme moderna”, que habría consolidado “un paradigma dualista, que colocó al ser humano no solo en el centro (antropocentrismo), sino como un ser exterior a la naturaleza, un ente autónomo” [7]. Esa concepción hegemónica, dicen, sería disputada por narrativas “más holísticas acerca del vínculo sociedad/naturaleza. Es el caso de los feminismos populares o ecofeminismos y de las cosmovisiones indígenas que, ante la crisis civilizatoria, valoran un paradigma relacional que subraya la interdependencia y el sostenimiento de la vida” [8].

Este punto de vista no es nuevo, sino que se remonta, como señala John Bellamy Foster, a una corriente del pensamiento ecologista que tiende a “atribuir todo el proceso de la degradación ecológica al surgimiento de la revolución científica del siglo XVII” [9], representada sobre todo por Francis Bacon y su idea de “dominación de la naturaleza”. A esta perspectiva se la califica como antropocéntrica, mecanicista y dualista, y se le opone una visión más o menos posmoderna, en este caso de corte “holístico”:

“Tal como señalan numerosas pensadoras ecofeministas, entre ellas Carolyn Merchant [1980], –escriben los autores– durante siglos hubo tensiones pero también coexistencia entre la metáfora de la madre nutricia y aquella otra de la dominación, proveniente de diferentes tradiciones filosóficas y religiosas. La imagen organicista de la naturaleza ponía límites o restricciones morales a la hora de relacionarse con aquella: instituía códigos de respeto y consideración. Sin embargo, a partir de los siglos XVI y XVII, el desarrollo de la manufactura y el comercio junto con las nuevas tecnologías produjeron el paulatino desplazamiento del imaginario organicista hacia otro de corte mecanicista.” [10]

Como señala Foster, estos enfoques tienen un problema de fondo: se reduce la cuestión ecológica a una cuestión de valores y se aleja de los temas históricos-materiales, las relaciones materiales en su evolución, y “al centrarse en el conflicto entre el mecanicismo y el vitalismo o idealismo, cae en una concepción dualista incapaz de reconocer que estas categorías están dialécticamente relacionadas en su unilateralidad, y deben trascenderse conjuntamente, puesto que representan la alienación de la sociedad capitalista”  [11].

Para los autores el marxismo sería también un “hijo de la Modernidad” tanto “en su concepción de la naturaleza” como en su “visión del desarrollo asociado a la expansión infinita de las fuerza productivas” [12]. Con esto desechan la posibilidad de un pensamiento materialista, dialéctico y estratégico frente al capitalismo. El problema es que esta afirmación (por cierto, sin el sustento bibliográfico que caracteriza al libro) sería correcta si se refiriera al estalinismo, no al pensamiento de Marx y Engels.

Lejos del dualismo, antropocentrismo y ubicación exterior autónoma frente a la naturaleza, desde sus obras tempranas Marx sostuvo una concepción materialista de la naturaleza, cuestionando justamente el antropocentrismo de visiones teleológicas religiosas (desde allí, por ejemplo, saludó la obra de Darwin). Ubicó al ser humano como parte misma de la naturaleza. En su temprana teoría sobre la alienación desarrollada en los Manuscritos Económicos Filosóficos de 1844, Marx sostiene: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en la medida en que no es el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza, es decir: la naturaleza es su cuerpo, y debe mantener un diálogo continuo con ella, de lo contrario morirá. Decir que la vida mental y física del hombre está vinculada a la naturaleza simplemente significa que la naturaleza está vinculada a sí misma, puesto que el hombre es parte de la naturaleza”.

Como es reconocido hasta por sus críticos, la noción del joven Marx de la alienación del trabajo humano se vinculó con una comprensión de la alienación de los seres humanos respecto a la naturaleza de la que son parte (concibiéndola como algo externo). El problema de fondo no era la “episteme” sino la forma concreta en que el modo de producción capitalista reduce a la mayoría de la humanidad a la condición de clase explotada, y a la naturaleza a una mercancía más.

En su libro, Foster rescata cómo desde este punto de vista Marx elaboró una comprensión del desarrollo sostenible basada en la obra del químico agrícola Justus Von Liebig, plasmado en el concepto de metabolismo (Stoffwechsel) humanidad-naturaleza, y su posible ruptura o brecha producida por la irracionalidad capitalista. Así también de la co-evolución basado en la de Darwin, y que lejos del dualismo cartesiano sostuvo una visión materialista dialéctica que permite abordar la complejidad de las relaciones ecológicas contra puntos de vista unilaterales y reduccionistas. Esto incluso dió lugar a una tradición marxista en ciencia, con autores como Richard Levins y Richard Lewnontin, que justamente desarrollaron este pensamiento en áreas particulares, debatiendo con reduccionismos, mecanicismo y visiones idealistas, y realizando aportes sustantivos al pensamiento ecológico.

Sobre la “expansión infinita de las fuerzas productivas”, Kohei Saito (2017), estudioso de la obra ecológica de Marx y autor de El Ecosocialismo de Karl Marx, señala que:

“El materialismo histórico de Marx fue criticado repetidamente por sus ingenuos supuestos tecnocráticos. Una lectura cuidadosa de sus cuadernos, sin embargo, revela que Marx no tuvo una visión utópica del futuro socialista basado en el crecimiento infinito de las fuerzas productivas y la manipulación libre de la naturaleza. Por el contrario, reconoció seriamente los límites naturales, tratando la compleja e intensa relación entre el capital y la naturaleza como la contradicción central del capitalismo (...) En El Capital, Marx llegó a bregar por la consciente y sustentable regulación del metabolismo entre humanos y naturaleza como la tarea esencial del socialismo”. [13]

Obviamente, no pretendemos agotar aquí esta discusión, que esperamos continuar con la profundidad que se merece, sino sólo señalar estos puntos problemáticos del argumento del libro.

Green New Deal, Pacto Ecosocial y lucha anticapitalista

A nivel estratégico, la contradicción central del libro se encuentra entre el diagnóstico de desastre inminente y el programa propuesto como horizonte, así como los sujetos y organizaciones para llevarlo adelante.

El libro destaca el valor de “las experiencias autogestión y autoorganización como la agroecología, la economía social solidaria o las comunidades de transición basadas en energías renovables”, como “utopías concretas” y “prácticas prefigurativas que anticipan la nueva sociedad”, aunque señala su alcance limitado debido a la desconexión de lo local y lo global, que dificulta que estas experiencias se conviertan en un “proyecto político de alcance global” [14]. La “dimensión emancipatoria desde abajo”, debe “activar la dimensión reguladora de los Estados en todos los niveles”.

El planteo es que ante la “encrucijada civilizatoria” abierta por la pandemia, el dilema sería ir hacia “una globalización neoliberal más autoritaria, en el marco de un ‘capitalismo del caos’, que sin duda favorecerá la expansión de las derechas fascistas, o (...) una globalización más democrática, ligada al paradigma del cuidado, por la vía de la implementación y el reconocimiento de la solidaridad y la interdependencia como lazos sociales e internacionales, y de políticas públicas orientadas a un gran pacto ecosocial y económico que aborde conjuntamente la justicia social y ambiental”  [15].

Ante esto, reivindican el “Green New Deal” en la versión postulada por la referente del ala izquierda demócrata Alexandria Ocasio Cortez, y por intelectuales como Naomi Klein y Jeremy Rifkin. A diferencia del proyecto europeo de economía verde, esta sería una apuesta “interseccional”, que articula “justicia social con justicia ecológica, étnica y de género”, planteando una “transformación profunda del sistema económico a través de la reducción drástica de las emisiones de gases de efecto invernadero, la renovación de infraestructuras, la apuesta por la eficiencia energética y la promoción de medidas para reducir la desigualdad económica y social en los Estados Unidos”  [16].

Para Argentina y América Latina, los autores proponen cinco ejes para un pacto ecosocial y económico, que además cuestione el rol asignado al “sur global” en los modelos de transición energética corporativa de los países centrales: “ingreso universal, reforma tributaria progresiva, suspensión del pago y auditoría de la deuda externa, paradigma del cuidado y reforma socioecológica radical (energética, productiva, alimentaria y urbana)”. Esta reforma socioecológica implicaría un paradigma energético renovable, descentralizado, desmercantilizado y democrático; un paradigma agroecológico que promueva la soberanía alimentaria; y otro modelo urbano, promoviendo el arraigo en ciudades pequeñas y medianas.

El programa propuesto sostiene elementos progresivos y más que necesarios, y otros que consideramos discutibles. Pero de conjunto resulta en un planteo reformista, insuficiente para abordar una “crisis civilizatoria”. La idea de lograr, con movilizaciones desde abajo, un “pacto” que construya una nueva agenda “nacional y global”, sin expropiar al gran capital ni derrotar a sus instituciones, responsables del desastre ecológico y social, termina siendo utópica.

Por ejemplo: es urgente terminar con el agronegocio que utiliza volúmenes inconmensurables de veneno, y avanzar hacia formas de producción de alimentos con técnicas no destructivas, que contemplen la sostenibilidad del suelo, como sostiene la agroecología. Pero ese objetivo es irrealizable sin terminar con la gran propiedad terrateniente, empezando por las 5.678 explotaciones (el 2% del total de explotaciones) que gestionan 80 millones de hectáreas (el 51 % de las hectáreas en producción); y sin expropiar los puertos privados, cerealeras y empresas agroindustriales.

De igual manera, para avanzar en un paradigma energético “renovable, descentralizado, desmercantilizado y democrático”, es condición expropiar sin pago a todas las empresas relacionadas con la producción, procesamiento y distribución de la energía, creando una empresa estatal única bajo control de sus trabajadoras y trabajadores, profesionales de universidades públicas, comunidades y pueblos indígenas afectados por sus actividades, para diseñar democráticamente un plan de transición que no solo contemple un giro en las fuentes utilizadas.

Aún así, se trata de problemas sin resolución íntegra en los marcos del sistema capitalista. Una transición ecológica requiere de la planificación del conjunto de la economía, apropiándose de los desarrollos científicos y tecnológicos para desarrollar en cada terreno las formas de producción, distribución y consumo de menor impacto ambiental, recomponiendo ecosistemas degradados, etc.

Por otro lado, el ascenso de Biden o el giro discursivo del Vaticano son interpretados por Svampa y Viale como oportunidades para “disputar sentidos”, subestimando su capacidad de cooptar, institucionalizar y convertir en indefensos a los movimientos ambientales.

Es en relación a los sujetos capaces de protagonizar grandes transformaciones que se abre un último debate. El libro da por sentada la superación del rol protagónico de la lucha de clases en el marco de la pérdida de centralidad del conflicto industrial y la aparición de nuevos movimientos sociales. Se trata de un debate de larga data. En la época de la ofensiva neoliberal, la “globalización” y la restauración burguesa en los países del mal llamado “socialismo real”, el retroceso del movimiento obrero coincidió con un mayor protagonismo de movimientos como el feminista, anti-racista, ambiental, indígena y LGTB. Pero, contradictoriamente, la época de la ofensiva anti-obrera fue también la de una mayor urbanización y asalarización de la población mundial, al punto que por primera vez en la historia la clase trabajadora (más feminizada, diversa y racializada) es mayoría.

Sobre la base de la fragmentación de la clase trabajadora (entre sindicalizados, precarios, informales, migrantes, desocupados, etc), las burocracias sindicales, actúan para imponer a los sindicatos una práctica corporativa que, entre muchas otras cosas, ignora los problemas ecológicos padecidos en mayor grado por el pueblo trabajador.

Quienes aspiramos a luchar en defensa del ambiente desde una perspectiva anticapitalista y socialista, acompañamos e impulsamos la más amplia unidad de acción contra el accionar antiecológico de empresas y Estados, entre movimientos campesinos e indígenas, feministas, organizaciones estudiantiles, etc. Lejos de un “reduccionismo de clase”, nos proponemos como una tarea fundamental luchar para que las organizaciones de la clase trabajadora tomen en sus manos los problemas ambientales. Existen ejemplos interesantes en ese sentido, como la huelga de los petroleros de Total en París y su alianza con organizaciones ecologistas para desenmascarar el greenwashing empresarial, el caso del astillero Harland and Wolff en Irlanda, cuyos trabajadores trabajadores tomaron las instalaciones en 2019 exigiendo su nacionalización y la reconversión para producir energías renovables, o la Federación Minero Energética de Colombia, que es parte de la oposición al fracking en ese país.

Es necesario que en el movimiento ambiental emerja un ala que busque conscientemente contrarrestar la influencia del capitalismo verde y de las organizaciones que buscan encauzar las luchas en los marcos de las instituciones, para aliarse con la clase social que no solo puede paralizar la producción, sino reconvertirla en una relación no predatoria con la naturaleza.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Luchas socio-ambientales y disputas por proyectos de sociedad en México

Defender los territorios frente al despojo.  Luchas socio-ambientales y disputa por proyectos de sociedad en México

El investigador de la UAM, Carlos Rodríguez Wallenius, comparte su libro sobre luchas socioambientales en México. “La relevancia nacional de las luchas en defensa de los territorios se expresa en la existencia de más de 560 conflictos socioambientales en los últimos veinte años, sobre todo porque la dinámica de despojo y mercantilización de los bienes naturales y comunitarios implica separar a los pueblos campesinos e indígenas de sus medios de sustento y formas de vida. Son conflictos provocados por el modelo de acumulación que significa un aumento de las ganancias empresariales a costa de empobrecer y marginar a los pueblos, explotandolos de sus territorios y devastando su entorno natural. Esta obra profundiza en distintos aspectos del complejo y conflictivo proceso entre la imposición de modalidades del despojo para la acumulación que han promovido empresas y gobiernos, así como las respuestas que generan las luchas socioambientales en defensa del territorio y bienes naturales que impulsan comunidades campesinas y organizaciones sociales en el país. Para ello, realizamos un recorrido por los principales conflictos socioambientales en distintas regiones de México, en las que ubicamos las dificultades que atravesaron las modalidades de despojo desde 2012, cuando entraron en recesión las actividades extractivas. Un elemento central de este estudio es reconocer la capacidad que tienen las comunidades y organizaciones campesinas e indígenas que, mediante distintas formas de luchas, enfrentan y cuestionan los proyectos de despojo, pero, además, proponen impulsar proyectos de sociedad distintos al sistema económico dominante”.

La descarga es libre en el repositorio digital de la DCSH de la UAM Xochimilco: Defender los territorios frente al despojo. Luchas socioambientales y disputa por proyectos de sociedad en México (pdf, 238 pág.)

miércoles, 25 de marzo de 2020

DÍA MUNDIAL DEL AGUA, 22 marzo 2020


DÍA MUNDIAL DEL AGUA 
                                                                     Texto de Miguel Valencia
El agua tiene varias dimensiones: la cultural, la ecológica y la sagrada. 
En cada territorio sus habitantes tenían prácticas diferentes.  Se dice que las religiones del medio oriente nacen de los pactos  bereberes de los desiertos; históricamente,  como gran apoyo a la conservación del agua y los acuerdos de paz entre los pueblos y la compasión por el más débil. 
Se dice que las primeras leyes del mundo tenían como motivo el uso del agua.  
Hasta la llegada de la tercera o cuarta revolución industrial brotan las "guerras del agua". Con el neoliberalismo se lleva a fondo la idea del agua como una mercancía más, sujeta al mercado. Se perdió la antigua sacralidad del agua y se crearon las condiciones para las guerras del agua. 

Cada territorio tiene "su agua" es decir: la que permite la existencia de su diversidad biológica.  La extracción excesiva de agua destruye el equilibrio ecológico del territorio.   El excusado inglés,  las grandes bombas y los grandes tubos son los principales enemigos de la conservación del agua. Las grandes presas y los trasvases de agua entre cuencas,  constituyen grandes atentados contra la conservación del agua. La moderna tecnología del agua ignora totalmente la ecología del territorio. La revolución sanitaria resultó fracasada como la misma revolución industrial es un fracaso. 

El uso industrial del agua que incluye la industria agropecuaria representa la mayor amenaza para la conservación del agua.   Se utilizan cantidades descomunales para la fabricación de cualquier producto industrial, muy especialmente, los alimentos industrializados como los refrescos, bebidas y cervezas.
Desde hace más de 30 años, los grandes empresarios decidieron quitarle al Estado la gestión del agua y colocarla como una mercancía igual que el petróleo o la madera o los minerales.   Canadá, el país con mayores reservas de agua, rechazó la aplicación del TLC a los asuntos del agua y con Maude Barlow a la cabeza, creó el Council of Canadians para frenar las pretensiones de su gran vecino.   Maude publicó su famoso libro El Oro Azul que informa mundialmente la nueva situación del agua. En Cochabamba, Bolivia,  Oscar Olivera encabezó la primera "guerra por el agua" que creó las condiciones, para eliminar la dictadura boliviana.       
El agua embotellada es el representante de las ideas neoliberales, es la privatización extrema del agua.  
El ex-presidente Fox fue colocado por la Coca-cola en ese puesto, para introducir la privatización del agua a gran escala.  Cristobal Jamie Jacques, prohombre de Coca-cola y de LALA  fue nombrado como director de la Comisión Nacional del Agua, es decir, las ovejas al cuidado del lobo.  Ese gobierno empezó  a repartir concesiones a gran escala y creó una Ley de Aguas tan privatizadora como fuera posible; además, invitó a la gran mafia mundial de ladrones del agua, el Foro Mundial del Agua integrado por las mayores trasnacionales del agua: Suez, Nestlé, Veolia, Aguas de Barcelona, Bechtel, para celebrar su gran encuentro en México 2006.   
Se privatizó la distribución del agua en varias ciudades de México, como Saltillo, Puebla y otras. La Ciudad de México entregó parte de su servicio público de agua  a empresas privadas.  El Banco Mundial ofreció préstamos blandos, con el fin de que los municipios y las ciudades entreguen su servicios públicos de agua a empresas privadas. 

México abandonó, desde la época de Salinas de G., el cuidado del agua municipal y el agua entubada, para propiciar el consumo de agua embotellada y  consiguió, en esos años, el primer lugar mundial en consumo de refrescos y de agua embotellada,  seguido muy de cerca por Italia.  
Las botellas de plástico vacías invaden todos los rincones del país y se descubren las grandes islas de plástico en los océanos.   El agua embotellada como cualquier alimento industrializado se convierte pronto en alimento chatarra, sin el sabor que le daba su origen territorial.  

La jurisprudencia mundial se niega a concederle sacralidad al agua, tal como lo hace con el ser humano. La jurisprudencia de Estados Unidos se decanta, en cambio, por la privatización del agua.    

Las Leyes deben reconocer la sacralidad del agua y prohibir su mercantilización y su gestión extraterritorial. 



sábado, 16 de marzo de 2019

LOS MITOS DE LA CIENCIA Y LA INGENUIDAD DE LOS CIENTÍFICOS

Texto de Victor M. Toledo
La Jornada, Opinión, 12 de marzo 2019 

En estos días que se habla con ardor acerca del papel de la ciencia, y de su hija mayor la tecnología, para el futuro del país, conviene recordar apreciaciones básicas sobre la verdadera función de esta institución llamada ciencia, uno de los mayores pilares de la modernidad que padecemos. 
Con apenas dos siglos de existencia y en plena sinergia con el capitalismo, los combustibles fósiles, la industria, el individualismo y el patriarcado, la ciencia es la culpable mayor de múltiples beneficios pero también de los principales riesgos, lacras, peligros y amenazas que hoy afectan a la humanidad.
 Tres son los principales mitos que engalanan a la ciencia contemporánea y que sirven para ocultar su verdadera esencia. El primero atañe a su fetichización. Siempre se tiende a hablar de La Ciencia (con mayúsculas) elevada a una suerte de entidad suprema, en vez de reconocer las diferentes modalidades del quehacer científico cada una de las cuales persigue fines diferentes y hasta antagónicos.
 Este fetiche se ve acompañado, segundo mito, por la falsa idea de que toda actividad científica es automáticamente benéfica, moralmente buena e ideológica y políticamente neutra.   En consecuencia el científico se identifica siempre como un ser virtuoso: santos del conocimiento verdadero, héroes de la objetividad, mártires por la humanidad, abnegados practicantes del experimento. Su mayor virtud, se afirma, es la de haber sometido a la pasión y eliminado a la subjetividad de sus análisis. 
El tercer mito lo ha descrito con precisión Jorge Reichmann: “El conocimiento científico es un gran bien. Pero ¿cómo pueden tantos investigadores caer en la ingenuidad cientificista de creer que simplemente incrementar el conocimiento conducirá a la mejora de la condición humana? El progreso científico no implica necesariamente progreso humano. Para que se diera progreso humano sería necesario que las comunidades de ese enrevesado simio averiado que se llama Homo sapiens estuviesen en disposición de usar el conocimiento creciente de forma adecuada”.

Estos tres mitos son cada vez menos creíbles por una razón: En los últimos 50 años, la ciencia desarrollada ha sido cooptada, influenciada, dirigida y/o financiada por el capital corporativo que hoy domina al mundo. 

Los datos de la Unesco indican que la inversión privada se incrementó notablemente en Corea del Sur, China, Alemania, Estados Unidos, Turquía y Polonia. 
En Estados Unidos hacia 1965 la ciencia académica financiada por el gobierno representaba 60 por ciento y la ciencia corporativa 40 por ciento. Para 2015 ya se había invertido a 30-70 por ciento (Unesco, 2015). 
La ciencia corporativa mantiene un mundo insustentable al generar gases, líquidos y sustancias tóxicas, fertilizantes químicos, pesticidas, plásticos, alimentos dañinos, medicamentos nocivos, organismos transgénicos, gases de efecto invernadero, y especialmente armas cada vez más sofisticadas y complejas.  Sólo las 10 mayores corporaciones de la industria bélica tuvieron en conjunto ingresos anuales de 194 mil millones de dólares (2017), con unos 800 mil empleados, de los cuales 10-20 por ciento son científicos, técnicos e ingenieros. 
Es probable que la mayoría de los casi 8 millones de científicos que existen en el mundo trabajen ya para las corporaciones. De la misma manera que sucede con muchos gobiernos y empresas, partidos políticos, la Iglesia católica, o la realeza europea, hoy la actividad científica esta teñida de corrupción y desprestigio. Por ejemplo, revistas científicas de larga tradición que han cedido a las presiones de las corporaciones farmacéuticas y biotecnológicas, o el gremio de los Premios Nobel que ha escandalizado con los casos de investigadores racistas (como William Schockley, y el descubridor del ADN, James Watson) o con la carta que firmaron 110 premiados en favor de los alimentos transgénicos y contra Greenpeace.

Es en este contexto que sorprenden por ingenuos los reclamos de más presupuesto para la ciencia o libertad de investigación. En México, la política pública en la materia ha carecido de discusión seria y profunda, y ha seguido los vaivenes marcados por los grupos de poder incrustados en puestos clave del gobierno y de la academia. Grupos que imponen sus líneas de investigación y sus visiones anacrónicas y que, como sucede en la UNAM, buscan controlar áreas como la biotecnología, la ecología, la biomedicina, la química y las ingenierías. Hoy hace falta poner sobre la mesa de discusión los objetivos y la orientación de un Programa Nacional de Ciencia y Tecnología que se ocupe de la resolución de las mayores y más urgentes problemáticas de la nación, sin perder de vista el conflicto que se da entre una ciencia mercantilizada y una ciencia comprometida con el bienestar social y ambiental del país y del planeta. Hoy, la verdadera ciencia se mide por su poder para resolver problemas, no para crearlos. Y este desafío atañe por igual a todas las comunidades científicas del mundo.

ALARMANTE CAMBIO CLIMÁTICO

Muy alarmante la situación climática: irresponsabilidad extrema de quienes más deberían actuar frente al desastre climático

Texto de Miguel Valencia Mulkay
En febrero pasado se registraron otra vez altas temperaturas históricas en muchos lugares del mundo, como en Europa, entre 6° y 12° C. arriba de la media habitual; Inglaterra 21.2° C. Escocia 18.5° C., Durango 34.8° C. Torreón 39.3° C.  Cd. de México 30.2°C; a nivel mundial 0.5° C, por arriba del promedio. La década 2014-2023 será la más cálida en 150 años de registros de temperaturas. Los meteorólogos británicos pronostican temperaturas aún más altas para los próximos años.
Casi cada año se producen en el mundo temperaturas récord y eventos climáticos nunca vistos: bajas temperaturas, nevadas, tornados, incendios forestales, olas de calor, inundaciones, tormentas, ciclones, huracanes. Los principales científicos del mundo nos advierten que sólo tenemos hasta el 2030, para hacer los cambios necesarios, para que no se salga de madre el clima de la Tierra y se desencadene un radical aumento de la temperatura que destruya la mayor parte de la vida y desde luego, la humanidad entera. Muy alarmante la situación climática.
Cada año aumentan las muertes, las enfermedades, las migraciones, los daños en los mares, los glaciares, los bosques, las, selvas, los ríos, los humedales, la biodiversidad y los daños económicos producidos por el desastre climático que han fabricado Wall Street y los gobiernos de Estados Unidos, Inglaterra, Alemania, Francia, China, Rusia, Japón, Italia, Canadá, España, Australia, India, Pakistán, Israel, Arabia Saudita, Nueva Zelanda, Brasil, Turquía, Sudáfrica y México.
El gobierno de Trump y los países del G-20 hacen todo lo posible por negar, ocultar o minimizar la terrible amenaza climática que enfrenta la humanidad desde hace ya muchas dècadas. Muy disciplinados, los grandes organismos internacionales (ONU, OCDE, FMI, BM), los banqueros y las transnacionales, así como las organizaciones patronales y empresariales, las universidades, las organizaciones científicas, culturales y profesionales del mundo, sin mayor protesta se alinean con las actitudes del gobierno de Trump en este tema. El negacionismo climático avanza en este desquiciado mundo.
Únicamente jóvenes, artistas, luchadores indígenas y campesinos, científicos, ecologistas, ministros de iglesias, individualmente o en grupo, organizan en el mundo acciones directas, para alertar sobre la gravedad extrema de la situación climática. Solamente la Vía Campesina, ciertas organizaciones indígenas,  organizaciones sociales de ciertas localidades, realizan acciones relevantes contra las improductivas cumbres del clima, las COP de la ONU.     
A pesar del escandaloso aumento de metano en la atmósfera desde 2007, las grandes petroleras, EXXON, Chevron y otras, elevan radicalmente sus inversiones en la extracción de gas y petróleo shale, extraído por medio fracking- una técnica que libera grandes cantidades de metano-, destruyendo rápidamente la posibilidad de cumplir con los acuerdos de París sobre el clima. Con la oposición total de los municipios donde se realizan (gran parte del país), los gobiernos de la mayor parte de los países poderosos, imponen las extracciones de gas y petróleo, por medio del fracking, con apoyo en legislaciones espurias. China desarrolla una gran expansión del fracking.
En las escuelas se enseña a ser productivo en el sentido económico y a ser un consumidor disciplinado; se enseña a buscar el crecimiento material, como sustento de la “felicidad” (constitución de USA), a tener ambiciones económicas ilimitadas: la religión de la economía; se enseña el servilismo voluntario (conformismo) y el culto a la ciencia y la tecnología, para conseguir los objetivos materiales de cada quien. En las universidades se promueven los fraudes climáticos gubernamentales, como el “desarrollo sustentable”, la “economía circular o verde”, el “crecimiento verde” y no se hacen investigaciones sobre el impacto climático y ambiental del transporte y la agroindustria.  
En México, la legislación sobre cambio climático, creada hace varios años, sólo favorece las acciones que simulan la reducción del consumo de combustibles fósiles (las falsas soluciones de las cumbres del clima: mercados de carbono, REDD+, off sets, biocombustibles, renovables, secuestro de carbono, geoingenierìa) y los grandes negocios con este tema que sólo sirven para aumentar los daños del clima. Por otra parte, la “reforma energética”  sienta las bases para transitar hacia la extracción del “gas y petróleo extremo o no convencional”- shale- lutitas – aguas profundas que multiplica al menos diez veces la devastación climática.   
Sabemos que la quema de gas, gasolina, carbón o queroseno, el fracking, uso de agrotóxicos y la producción de electricidad, plásticos y carnes rojas son causas principales de la emergencia del desastre climático; hay un consenso virtualmente universal de los científicos que confirma esta relación. Sabemos que los autos, los aviones, los trenes de alta velocidad, los tráileres y los cargueros, así como el consumo de electricidad, plásticos y carnes rojas son los principales enemigos del clima.   Es necesario cambiar los modos de vida contrarios al clima y a la ecología, es decir, cambiar el sistema político y económico para salvar al planeta.  

ING. RUBEN ALMEIDA

CURSOS DE CULTIVO Y MANEJO DE NOPAL Y MAGUEY

¿No Hay Agua? ¡Hay Magueyes!

¿No hay Comida? ¡Hay Nopales!

Los cursos se imparten los fines de semana en:

Casa Ecológica Teotihuacan, A.C.

Centro Nacional de Asistencia y Rehabilitación de los Ecosistemas, A.C.

Calle Reforma # 33, San Fco. Mazapa, Teotihuacan, Edomex.

Tel. 01-594-95-83369, Cel. 044 5585627589.

cetecosistema@hotmail.com, casaecologica_teotihuacan@yahoo.com.mx

ING. RUBEN ALMEIDA